Tenía ganas de tocar este tema y, aunque sé que no debería (mañana me examino de mi última asignatura de la carrera; en realidad, en siete horas), no puedo evitarlo.
El amor.
Y el perdón.
Este verano, muy interesante desde el punto de vista romántico y moral, ha sido toda una prueba para mí. He pasado por muchas fases distintas.
Pero creo, sinceramente, que la que más he sentido ha sido el perdón. Perdoné malas formas, malos comportamientos, malas palabras. Acciones no relativas a mí de su comportamiento no las tuve que perdonar. Son sus acciones.
Estoy convencido al cien por cien de que lo que me hizo aguantar los chaparrones, perdonar las faltas tan enormes de respeto y resistir el desprecio no fue otra cosa que el amor.
Sí, el amor.
Ese sentimiento que profesaba a esa persona tan importante en mi vida.
Pero, por desgracia para mí, me di cuenta que no es recíproco.
En una relación desde familiar hasta de pareja, pasando por amistad, no puedes solo exigir. También tienes que dar un poco. Un poco.
No solo no he recibido. Sino que se me ha exigido más todavía.
Que triste es pensarlo.
Creo que solo ha querido un recuerdo de mí, una idealización.
Nunca a mí.
Que triste.
¿Triste, digo?
Putada.
Así, con todas las letras.
Si alguien te quiere, es capaz de perdonarte.
Sin exigirlo.
Sea lo que sea.
Creedme.
Lo digo por experiencia propia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario