Arriésgate

Hoy, vamos de historia real.

Llevaba varios días con una sensación extraña. No sabía si hablarte, no hacerlo, no sabía nada. 
Y las indecisiones las llevo fatal.
Sí o no, o puede, pero saberlo.
Han sido unos días muy jodidos si sumamos todas las causas añadidas.
Total.
El domingo iba para mi coche en el parking dándole vueltas a la cabeza tras haberla visto unos segundos. No pude contener el grito de frustración hasta entrar completamente; antes de cerrar la puerta ya esta gritando.
Rabia.
Frustración.
Impotencia.
Vale, la voy a llamar.
Cojo el móvil y, al instante, recuerdo que borré su número hace un par de días.
¿Se puede ser más capullo?
Bah, esto es una señal del destino.
Pasa del tema.
Pero no pasé. 
Mientras salía decidí dar una vuelta a ver si te veía.
No la vi.
Di otra más.
Tampoco.
A punto de salir a la autovía, seguía dándole vueltas a lo del destino.
Pero que destino ni que hostias.
Quería verla. 
¿Dónde tenía tu número? Claro, en el correo.
Mi mente daba mil vueltas mientras la llamaba, mientras hablábamos.
No estaba nada convencida; yo, tampoco.
Finalmente nos vimos.
Comida, café, ratos difíciles de sinceridad y beso.

¿Sabéis? Aunque no se repitiera la situación o, como me dijo, que el próximo beso se lo dé otro, los días, la locura de momentánea buscando su número y el mal rato, quedaron más que compensados. No os puedo describir la sensación de paz, de sosiego, de felicidad, de sentir el universo en armonía.
Porque sé a ciencia cierta que aunque no queramos admitirlo y miremos a otro lado, disfrutamos y somos felices. Juntos.
Me preguntaba que por qué sonreía.
¿Y ella, qué hacía allí esperando a que le dijese de ir a cualquier parte a las tres de la tarde?


Por favor, arriesgaos.