El tigre inmortal



En la India había más de quinientos reyezuelos, a los que llamaban rajás y maharajás. Algunos de ellos se hicieron famosos.
El maharajá de Kapurtala construyó una copia del palacio de Versalles al pie de la cordillera del Himalaya. Quitó a sus cobrizos criados sus taparrabos y turbantes y los disfrazó de condes y duques de la corte de Francia, con pelucas blancas y casacas de seda.
El maharajá de Baroda se paseaba en un trono de oro macizo, a lomos de un elefante. Éste llevaba cuatro enormes brazaletes de oro en sus poderosas patas, y cientos de rubíes incrustados en el marfil de sus largos colmillos.
El maharajá de Udaipur, a pesar de ser paralítico, mató a más de quinientos tigres.
Pero nuestro protagonista había matado mil.
Era un rajá inmensamente rico.
¿Cómo se llamaba? No lo sé. Sólo sé como lo llamaban los tigres: el enemigo. Y se estremecían al nombrarlo.
Porque otros hombres mataban tigres para proteger sus vidas. O para salvar sus hijos o sus ganados. O para ganarse la vida vendiendo sus hermosas pieles. Pero aquel rajá los mataba por crueldad. Por aburrimiento. Y con odio.
Organizaba cacerías con un ejército de elefantes y lanceros que atemorizaban a los tigres y los acorralaban. Y entonces él disparaba sobre ellos.
En su palacio, el salón del trono estaba alfombrado con pieles de tigre. El techo era de espejos. En las paredes, las cabezas de sus mil trofeos rugían en silencio para siempre.
Su trono representaba una gran cabeza de tigre con las fauces abiertas. Él se sentaba sobre la roja lengua, que era un almohadón de terciopelo, y apoyaba los brazos sobre los ansiosos y frustrados colmillos.
La población de tigres estaba disminuyendo. Aquel rajá mataba más y más. El terror reinaba entre ellos.
El rey de los tigres convocó una reunión a orillas del lago del Árbol Sagrado. Los cien tigres más inteligentes y valerosos de la India acudieron a planear como deshacerse de su más encarnizado y feroz enemigo. Era un espectáculo soberbio verlos allí, altivos y elásticos, majestuosos y relucientes, formando una gran circunferencia alrededor de su rey.
Comenzó el debate, y en seguida fueron desechando varias ideas.
Uno propuso asaltar el palacio una noche y acabar con él.
-Imposible- dijo el rey de los tigres -¿Ignoras que el palacio está rodeado por una guardia de mil lanceros?
Otro propuso que excavasen entre todos un pasadizo subterráneo que les permitiese deslizarse dentro del palacio, burlando aquella guardia inexpugnable.
Y un tercero -que era muy imaginativo- soñó con convencer a cien aguilas de que cogieran con sus garras a los cien tigres y los dejasen caer en los patios del palacio por la noche, como una silenciosa lluvia vengadora.
Pero el sabio rey les dijo:
-¿Es que no sabes que hizo construir su palacio con mil habitaciones? Cada noche duerme en una distinta, por temor a sus enemigos. Aunque consiguiésemos atravesar la guardia, ¿Cómo podríamos encontrarle?
Y así continuó la reunión, desechándose idea tras idea.
Hasta qu un enorme tigre que vivía cerca de la ciudad santa de Benarés pidió la palabra. Tenía fama de sabio y valiente. Y dijo:
-Un hombre tan cruel y poderoso no puede ser vencido en el interior de su palacio. Hay que vencerlo en el interior de sí mismo. Ése ha de ser nuestro campo de batalla. Nunca podremos destruir su cuerpo. Hay que vencer su alma. Sólo si logramos que en ella, en vez del odio al tigre, reine el miedo al tigre, renunciará a atacarnos.
Los demás le miraban sin comprender.
-Mi rey: ¿Me das permiso para poner en marcha un plan?
El rey de los tigres confiaba en su sabiduría, y además ninguno de los otros había siquiera esbozado un plan digno de ponerse en marcha, así que se lo concedió.
El tigre de Benarés pidió que eligieran a los seis tigres más parecidos a él, y se alejó con ellos.
La asamblea se disolvió.
Todos estaban intrigados.
¿Cúal sería su plan secreto?
Cuando estuvo a solas con los otros seis los dejó asombrados. De un zarpazo, se desgarró la oreja derecha, dejándola hecha jirones sanguinolientos. Y les ordenó que hiciesen los mismo. Aunque estaban desconcertados, ninguno quería pasar por cobarde ante los demás, así que cada cual se desgarró su oreja derecha. Sólo entonces les reveló su plan. O, mejor dicho, parte de él.
Esperaron la primera noches de luna llena.
Y los siete tigres atacaron en siete lugares muy alejados entre sí. En las montañas. En la jungla. En la ribera de un río. En una aldea. Junto al templo. En las afueras de una ciudad Y el tigre de Benarés atacó a orillas del lago del Árbol Sagrado.
Por toda la India corriió la sorprendente noticia: un mismo tigre había aparecido la misma noche en siete lugares muy diferentes. Era inconfundible por su gran tamaño, el dibujo de sus rayas y su oreja derecha totalmente desgarrada.
Y llegó otra noche de luna llena, y otra, y otra, y en todas ellas se repitió el increíble suceso. La fama de aquel múltiple tigre mágico se extendió, llenando a todos de un temor supersticioso.
Muchos cazadores dejaron de salir de cacería.
El rajá decidió matarlo. Pero, ¿dónde acudir? Aquella fiera extraordinaria parecía estar en todas partes.
La quinta noche de luna llena, el tigre misterioso apareció únicamente junto al lago. Y lo mismo ocurrió la sexta noche. Aquello se comentó en toda la comarca. ¿Es que se había retirado allí?¿Es que ya siempre iría a atacar allí? Nadie se atrevía a aventurarse por los alrededores, y las aldeas cercanas quedaron vacías.
Y llegó la séptima noche de luna llena.
El rajá se disponía a cazar la pieza más codiciada, el trofeo más famoso de toda su vida. Ya sabía dónde encontrarlo. Y esta vez no fue a lomos de un gran elefante. Había hecho traer de Inglaterra veinte automóviles Rolls-Royce, y escogió uno de plata maciza, equipado para las cacerías.
El coche brillaba como un relámpago de plata a la luz de la luna. El agua del lago relucía también.
El gran tigre esperaba a orillas del lago, entre las sombras. El rajá acariciaba su fusil y sonreía, impaciente por matar. No sabía que estaba acudiendo a una cita. No sabía que aquel tigre lo había planeado todo, desde hacía siete lunas llenas, para encontrarse con él, frente a frente, aquella noche.
Llegaron al lago y exploraron sus alrededores.
De pronto, uno de sus lanceros le susurró:
-¡Allí está el tigre mágico!¡En la otra orilla!Bajo el Árbol Sagrado.
Y allí estaba, aterciopelado, majestuoso. Su hermosas imagen se reflejaba en el agua, entre los lotos.
Aunque estaba muy lejos, el rajá estaba tan nerviosi e impaciente que apuntó y disparó. El tigre ni se inmutó. El rajá avanzó despacio varios metros, titubeando, sin saber si el tigre se abalanzaría sobre él, pero sintiéndose seguro al hallarse rodeado por sus lanceros. Disparó por segunda vez, y el tigre se estremeció levemente.
-¡Le he dado!¡Le he acertado!- exclamó el rajá, contentísimo.
Y ello le hizo perder toda prudencia. El tigre lanzó un rugido estremecedor; pero el cazador estaba tan excitado que ni se asustó. Corrió, rodeando el lago, y cada varios pasos se paraba y disparaba otra vez. El animal, inmóvil, iba encajando las balas y rugía. El rajá no salía de su asombro. Empezaba a inquietarse, a no comprender nada. Sus sirvientes recargaban los fusiles y le entregaban uno tras otro, mientras los lanceros rodeaban al grupo, lanza en ristre y con los nervios en tensión, atónitos, pues tampoco comprendían como el tigre resistía tantos balazos, y por qué no los atacaba. Acercándose cada vez más, el rajá demostró una y otra vez su infalible puntería. Pero esta vez parecía no servirle para nada. El tigre, lleno de plomo, le seguía aguardando, erguido e inmóvil.
Los sirvientes gritaron, horrorizados:
-¡Este tigre no muere nunca!
-¡Es el tigre mágico!
Y los lanceros se contagiaron del pánico, gritando:
-¡Es el espíritude los mil tigres muertos!
-¡Nos matará a todos en venganza!
-¡Ha venido para vengar a sus hermanos, matándonos!
-¡¡¡Huyamos!!!
Y desaparecieron todos en la jungla, perseguidos por las maldiciones de su señor.
Éste tenía ya mucho miedo. No comprendía lo que estaba pasando. Jamás le había ocurrido nada igual. Un tiro certero siempre había sido, para él, un tigre muerto. Ahora se enfrentaba a algo inexplicable, con lo desconocido. Sintió que las piernas le flojeaban y el valor le abandonaba totalmente. Pero estaba ya tan cerca de la fiera que no tenía más remedio que llegar hasta el final, pues estaba seguro que, en cuanto se volviese de espaldas, se abalanzaría sobre él. Enloquecido, disparó sus últimas balas; sus criados se habían llevado las cananas repletas.
Ya no tenía más remedio que encararse con la fiera.
Cubierto por un sudor gélido y hechizado por la hipnótica mirada del tigre, chilló:
-¿Por qué no te mueres?No he fallado ni un tiro.
Y, amenazándole con el puño, dijo en voz baja:
-Yo he matado mil tigres ... Muchos han muerto al primer disparo ... ¿Quién eres tú?¿Un espíritu?¿Un fantasma?
Y entonces el enorme felino, atravesándole con la mirada, habló muy lentamente:
-Yo soy el tigre inmortal. No puedes matarme. Ya nunca matarás ningún tigre, porque eres tu el que está muerto por dentro. El odio había secado hace ya tiempo tu corazón, y ahora el miedo acaba de petrificar tu mano. Huye a tu palacio antes de que mi paciencia se agote y acabe contigo. ¡Refúgiate en la más escondida de tus habitaciones y no vuelvas a salir jamás!Yo estaré al acecho, en tu interior, el resto de tus días.
Los guardias de palacio vieron llegar al rajá de madrugada.
Conducía su lujoso automóvil de plata como un loco y había envejecido veinte años en una noche, y su rostro antes cobrizo, parecía ahora tallado en marfil. Y nunca habían visto tanto terror en unos ojos.
Se encerró en la más remota de sus habitaciones y no quiso contar nada a nadie.
Nunca volvió a salir de su palacio.
Nunca volvió a matar ningún tigre.
¿Y el tigre mágico?
¿Y el tigre inmortal?
Vio huir al enemigo dando trompicones y chillando histéricamente, corriendo despavorido entre los árboles hasta llegar al coche.
Le había vencido para siempre.
Nuestro héroe estaba lleno de plomo, pero también entusiasmado por haber salvado a su pueblo, y muy orgulloso por el éxito de su plan.
"Todos mis hermanos se equivocaban -pensó-, pues basaban sus planes en la violencia, en el asalto al palacio, matando muchos guardias y matando por último al rajá."
Y luego sonrió irónicamente, sacudiendo la cabeza:
- Y también los lanceros y sirvientes, los hombres, se equivocaban: "¡Nos matará a todos en vengaza!¡Ha venido para vengar a sus hermanos, matándonos!", han dicho. Solo yo he sido capaz de comprender que para salvar a un pueblo no hay que estar dispuesto a matar, sino hay que estar dispuesto a morir por él.
Suspiró largamente.
Se le doblaban las piernas.
En cuanto el rugido del motor del automóvil se perdió en el corazón de la selva, el enorme, el sabio, el valeroso, el fuerte, el ingenioso, el generoso tigre se arrastró unos metros y se dejó caer al pie del Árbol Sagrado.

Sentimientos


Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que el cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor: quien lo probó, lo sabe.

El amor no es aquello que queremos sentir; es aquello que sentimos sin querer. Es una palabra de cuatro letras y millones de sentimientos ...

Puedes contar conmigo


Si alguna vez adviertes
que te miro a los ojos
y una veta de amor
reconoces en los míos,
no pienses que deliro
piensa simplemente que
puedes contar conmigo.

Si otras veces me encuentras
huraño sin motivo
no pienses que es flojera;
igual puedes contar conmigo.

Pero hagamos un trato:
yo quisiera contar contigo,
es tan lindo saber que existes;
uno se siente vivo,
y cuando digo esto,
no es para que vengas corriendo en mi auxilio,
sino para que sepas que tú
siempre puedes contar conmigo

Brida


- Ahora respóndeme con toda franqueza - dijo el Mago - ¿Dejarías todo lo que aprendiste hasta entonces, todas las posibilidades y todos los misterios del mundo de la magia para quedarte con la mujer de tu vida?¿Abandonarías todo por esa persona?
[. . .]
- Yo abandonaría- dijo Brida finalmente
[. . .]
- Has dicho la verdad. Te enseñaré.

=)


Hace cosa de 11 meses o así perdí una amiga por tonterías que surgen y luego no hay manera de arreglarlas. Poco a poco ví como nuestra relación (que hasta el momento yo calificaría de increíble) se iba perdiendo de una manera muy dolorosa; pues verla los casi todos los días y no poder hacer nada por evitar que se perdía me resultaba tremendamente duro.
Al cabo de unos meses, ya estaba acostumbrado a verla y a evitarnos mutuamente; aunque no por ello a lo que me dolía verla y no poder hablar, por ejemplo.
Pero después de navidades leí un pasaje del Manual del Guerrero de Luz, un libro de Paulo Coelho (bastante insulso por cierto). Había una parte muy curiosa que hablaba de por qué suceden las cosas. Decía así:
"Cuando se quiere algo, el Universo entero conspira en su favor"
Y la relacioné con unas de mis citas favoritas:
"La autoestima del hombre determina por anticipado la medida de su éxito" (A.Schopenhauer)
Resulta que después de pensar sobre esto, me crucé con ella. Entonces me paré a reflexionar la razón por la cual no hablabamos y me decidí a cambiar esto.
Ni que decir tiene que ella era (y es) una cabezona como pocas y hasta recientemente no logré recuperar su amistad; eso sí como si nada hubiera pasado entre nosotros y todo siguiese igual. En el momento que me dí cuenta de todo lo que había recuperado, recordé el pasaje y sonreí.

El secreto de la felicidad


Cierto mercader envió a su hijo a aprender el Secreto de la Felicidad junto al más sabio de todos los hombres. El muchacho anduvo durante cuarenta días por el desierto, hasta llegar a un hermoso castillo, en lo alto de la montaña. Allí vivía el sabio que el muchacho buscaba.
Sin embargo, en vez de encontrar a un hombre santo, nuestro héroe entró en una sala y vio una actividad inmensa; mercaderes que entraban y salían, personas que conversaban por los rincones, una pequeña orquesta tocaba suaves melodías y había una mesa cubierta con los platos más deliciosos de aquella región del mundo. El Sabio conversaba con todos, y el muchacho tuvo que esperar dos horas hasta llegar a ser atentido.
El Sabio escuchó con atención el motivo de la visita del muchacho, pero le dijo que en aquel momento no tenía tiempo para explicarle el Secreto de la Felicidad. Le sugirió que se diese un paseo por su palacio y volviera al cabo de dos horas.
-Mientras tanto, quiero pedirte un favor - concluyó el Sabio, entregando al muchacho una cucharita en la que dejó caer dos gotas de aceite -, mientras vas caminando, lleva esta cucharita sin dejar que se derrame el aceite.
El muchacho comenzó a subir y a bajar escalinatas del castillo, manteniendo siempre los ojos fijos en la cucharita. Al cabo de dos horas volvió a la presencia del Sabio.
- Entonces - preguntó el Sabio -, ¿Has visto las tapicerías de Persia que hay en mi comedor?¿Has visto el jardín que el Maestro de los Jardineros tardó diez años en plantar?¿Te has fijado en los bellos pergaminos de mi biblioteca?
El muchacho, avergonzado, confesó que no había visto nada. Su única preocupación era no derramar las gotas de aceite que el Sabio le había confiado.
- Vuelve, pues, y conoce las maravillas de mi mundo - dijo el Sabio -. No puedes en un hombre si no conoces su casa.
Ya más tranquilo, el muchacho cogió la cucharita y volvió a pasear por el palacio, fijándose esta vez en todas las obras de arte que pendían del techo y de las paredes. Vio los jardines, las montañas en derredor, la delicadeza de las flores, la exquisitez con que cada obra de arte estaba colocada en el lugar adecuado. Al regresar al lado del Sabio, relató con pormenores todo lo que había visto.
- Pero, ¿Dónde están las dos gotas de aceite que te confié? - preguntó el Sabio.
Mirando la cucharita, el muchacho se dio cuenta de que las había derramado.
- Pues éste es el único consejo que te puedo dar - dijo el más Sabio de todos los Sabios -. El secreto de la felicidad está en mirar todas las maravillas del mundo y no olvidarse nunca de las dos gotas de aceite de la cucharita.