
Érase una vez un príncipe de un lejano país que se halló una mañana en la peor de las situaciones imaginables: perdidamente enamorado de la mujer de un sueño.
Acababa de despertarse cuando, de pronto, se sintió abrasado por un fuego invisible; estremecido por un dulce temblor que le invadía todo el cuerpo, poro a poro, desde la punta de los pies hasta la de los cabellos. Un momento se le paró en el pecho, a golpearle con ardor silencioso; mensajero de la ¿Buena? nueva.
-¿Qué es lo que me pasa?-
Se preguntó incorporándose a duras penas en su lecho y tratando de reconocer a su alrededor las demás cosas. No había terminado de decirlo cuando la imagen inmaculada de una mujer bellísima irrumpió en su mente, como un fruto espontáneo. Tan cegador fue que hubo de cerrar los ojos. Cuando pudo entreabrilos, empezó a recordar que era altiva y serena; de ojos color miel melancólicos y de un sonreír diminuto y carnal. Era con quien había estado soñando toda la noche ... ¡Cómo olvidarla! Pero no había sido un sueño hilado; sino abrupto, pura confusión de voces, caminos, destinos, personas, tumultos de exaltación y miedo, desesperanza, dolor y, por último, felicidad.
A medio vestir, y sobreponiéndose a la incomprensibles realidad del castillo, llegó el príncipe a la cámara real; sobresaltando a los allí presentes.
-¡Padre, esa mujer es la hermosura del mundo!
-¿Cúal?
-La que he soñado
-Tú estás loco, hijo mío.
-Sí, pero de amor total.
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